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la vuelta al mundo en 80 catástrofes
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la vuelta al mundo en 80 catástrofes
 
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Esta publicación recoge un modesto catálogo de monumentos conmemorativos erigidos por todo el mundo en homenaje a la memoria de muertes colectivas, ya sean éstas víctimas de crímenes a la humanidad en sus más variadas formas o provocadas por catástrofes naturales.

La selección y categorización de monumentos en esta guía son ambas contingentes. Recusamos intencionadamente cualquier forma de análisis o crítica de la calidad artística y estética de los monumentos catalogados.

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Tantas veces contemplado como un elemento ornamental, el monumento público a la catástrofe está, sin embargo, cargado de ideología y valores funcionales, siendo más útil a la legitimación del poder instituido que a la recuperación de las comunidades afectadas por el desastre. Esta función se evidencia no sólo en el selectivo homenaje a la memoria, sino también en la práctica del olvido, que clasifica la tragedia según la calidad de sus víctimas, o evita deliberadamente la revisión histórica de las atrocidades de occidente. Sintomático de esta utilidad es la constante modificación simbólica de muchas de estas esculturas, cuyas alteraciones acompañan la evolución ideológica de los territorios en los que se erigieron.

La tendencia a la desigualdad y a la represión, latente en toda relación de poder, se refleja en las mismas categorías con que el lenguaje clasifica el desastre: epidemia, accidente, hecatombe, aniquilación... La cosa se complica cuando detrás de su significado hay una responsabilidad humana indudable: atentado, matanza, masacre, genocidio, feminicidio, guerra... La elección de una u otra a la hora de describir una muerte colectiva revela una posición política, y prueba de ello son los encendidos debates que disputan la narración de la historia. ¿Cuán específico era el objetivo de la violencia? ¿Cuán específicas sus víctimas?

El monumento y el viaje están conectados en su origen, en la forma del menhir, del dolmen, del crómlech, nacidos en el universo nómada del Neolítico. Estas primeras y sumamente sencillas intervenciones humanas sobre el paisaje detonaron complejos significados ligados a la muerte de seres mitológicos, a la trashumancia, al territorio, a los otros, a las múltiples encrucijadas del nomadismo. Sistemas de orientación o espacios para el ritual, los monumentos megalíticos señalaron caminos, tangibles o iniciáticos, conduciendo a la humanidad a un territorio siempre desconocido.

Hubo un tiempo en el que el acto de caminar posibilitó la aparición del universo simbólico, fruto de la especulación intelectual y creativa. Pero la vida sedentaria, que dio lugar a las ciudades y al excedente, a las guerras y las jerarquías, hizo también del acto de caminar una práctica salvaje, antagonista del tiempo útil y productivo, tolerada apenas en un periodo de excepción; una excentricidad lúdica con la que rellenar una pausa en la rutina laboral, tristemente destinada a regenerar la fuerza de trabajo.

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La industria turística ha reducido el viaje al puro desplazamiento, un reseteo en nuestras coordenadas cotidianas, de una naturaleza tan efímera y superficial, que sólo podemos conjurar la frustración vomitando una compulsiva colección de imágenes, como sucedáneo de la experiencia. Este viaje practicado como fuga de lo cotidiano, como forma de escapar de los espacios y los tiempos de la costumbre, cada vez tiene menos lugares a los que ir. En un mundo globalizado, el territorio desconocido ha desaparecido del mapa. En un mundo de pandemia, la industria de movilización de masas de consumidores colapsa, manifestando todos los síntomas de su profunda insostenibilidad.

La huida no es posible. ¿Por qué continuar gestionando la demora de lo inevitable? Allí donde el turismo tiene éxito, antes o después, se vuelve autodestructivo. Del viaje entendido como un camino de transformación queda apenas un Leviatán que nos separa. Paralelamente, un turismo del morbo surge para seguir dotando al viaje de una nueva trascendencia. El turismo necrológico viaja a Auschwitz, visita la Zona Cero, planifica una ruta por Chernóbil, peregrina por los espacios de la masacre y el atentado, del genocidio, de la bomba atómica, de la guerra. ¿A qué tipo de redención nos guía el tanatoturismo? ¿Qué significados sacrificamos hoy en los cenotes del Yucatán? ¿Pueden los homenajes a las víctimas de la tragedia ser el último espacio profano de enfrentamiento con lo desconocido?




Video-intervención sobre el proceso de etiquetado, a modo de sello de calidad/recomendación de la Guía "La Vuelta al Mundo en 80 Catástrofes" realizado en los monumentos de la ciudad de Lisboa, donde encontramos diferentes categorías de homenajes a muertes colectivas.

 

Placa en recuerdo a los asesinados en el tiroteo de PIDE
Número de víctimas: 4

Categoría: Atentado (tiroteo)
80 catastrofes


Subiendo la Rua António Maria Cardoso en dirección al Chiado llama la atención esta placa –colocada en 1980 por una iniciativa ciudadana y repuesta en 2014 tras ser robada - en recuerdo a los 4 hombres asesinados a tiros por la PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado, muy fans de la Gestapo hitleriana en los tiempos del dictador portugués Salazar). A lo largo de 48 años pasaron por este lugar (ex-sede de la PIDE y actualmente edificio de apartamentos de lujo, como buena parte del centro de Lisboa) miles de comunistas, anarquistas, obreros y campesinos para ser torturados y/o asesinados.


Ruinas del Carmo
Número de víctimas: 100.000 (apróx)

Categoría: Desastre natural
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Estás en uno de los lugares más fotografiados de la capital portuguesa y un desastre natural que nunca falta en los discursos de los guías turísticos. El famoso terremoto de Lisboa de 1755 (con epicentro en el Océano Atlántico y un nada desdeñable 9 en la Escala de Richter) se llevó por delante unas 100.000 almas entre el propio temblor, el posterior tsunami y un enorme incendio que afectó a toda la ciudad aquel 1 de noviembre. Las autoridades de la época decidieron dejar estas ruinas de un antiguo templo gótico que aquí se encontraba como monumento en recuerdo de la catástrofe. En el interior se puede visitar el Museo Arquelógico del Carmo.


Tributo a las víctimas de la masacre judaica de Lisboa
Número de víctimas: 4.000

Categoría: Genocidio
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El 19 de abril de 1506, los católicos lisboetas encontraron una curiosa forma de celebrar sus Pascuas Cristianas: asesinando a miles de judíos (que también trataban de celebrar sus Pascuas Hebreas, coincidentes en la fecha), un ejercicio de fanatismo religioso que comenzó en esta plaza. De ahí que en 2008 se colocara esta semiesfera con la estrella de David en el Largo de São Domingos (en pleno centro histórico, junto a la Praça do Rossio). En la actualidad se trata de un lugar de encuentro habitual de personas de origen africano y turistas, muchos turistas en busca de la popular ginjinha (bebida de cereza). No dejéis de fijaros en la irónica placa que reza "Lisboa, ciudad de tolerancia".


Obelisco del callejón Chão Salgado (Belem, Lisboa)
Número de víctimas: 12

Categoría: Matanza
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El 13 de enero de 1759 se produjo este famoso proceso judicial en la historia de Portugal en el que el Marqués de Pombal practicó la tortura, el suplicio y la humillación pública con los Távoras (el Duque de Aveiro, su familia y su séquito), posteriormente decapitados y reducidos a cenizas arrojadas al río. La razón fue la supuesta conspiración en forma de atentado contra el Rey D. José mientras este regresaba de un encuentro con una de sus amantes. Por si acaso, el Palacio Aveiro también fue confiscado, arrasado y el suelo cubierto de sal. Está situado en el callejón que hay detrás de una famosa pastelería y es ideal para visitar mientras avanza la enorme fila de turistas que quieren comprar los famosos pasteles de Belem.


Monumento a los Combatientes de Ultramar
Número de víctimas: 10.000 (apróx)

Categoría: Guerra
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Junto a la turística Torre de Belem y frente al Forte do Bom Sucesso no pasa desapercibido este monumento triangular –con piscina y llama eterna incluidas- a los caídos en la Guerra de Ultramar (Guerra colonial portuguesa en África entre 1961 y 1974), donde están los nombres de los casi 10.000 militares fallecidos. Creado en 1980 por el arquitecto Francisco José Ferreira Guedes de Carvalho, hoy día es una de las muchas atracciones turísticas de la zona de Belem, accesible en tren (15 minutos de trayecto) desde el centro de Lisboa.


Mausoleo de los Combatientes en el cementerio Alto de S. João
Número de víctimas: 5.000 (apróx)

Categoría: Guerra
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Coronada por una estatua de bronce que homenajea al soldado portugués, este mausoleo se encuentra en la parte occidental del curioso cementerio de São João. Este lugar sirve de recuerdo para los casi 5.000 militares fallecidos en la I Guerra Mundial. Se puede acceder a la cripta por la parte posterior, rodeando el monumento.


Escultura a los bomberos en el cementerio Alto de S. João
Número de víctimas: Incierto

Categoría: Incendio
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Continuamos en el cementerio de São João (construido en 1833 precisamente tras una enorme epidemia de Cólera), sin duda un buen lugar para nutrir de contenido tu Instagram. Esta estatua preside la zona de homenaje a los bomberos lisboetas y se encuentra rodeada de lápidas entrando por la avenida principal a la derecha, pasando el templo principal. Uno de los más mediáticos incendios lisboetas (aunque con tan sólo dos víctimas, una de ellas un joven bombero) fue sin duda el acontecido el 25 de agosto de 1988 en los almacenes del Chiado, que requirió 22.000 litros de agua para ser extinguido.

Lanzamos desde aquí un GRACIAS a nuestro amigo Manuel Pessôa-Lopes por prestarnos una pequeña parte de su sabiduría en nuestras andanzas por Lisboa.